En nuestros
días el problema de Jesucristo se ha planteado con renovada agudeza, tanto en
el plano de la piedad como en el de la teología. El estudio de la Sagrada
Escritura y las investigaciones históricas sobre los grandes concilios
cristológicos han aportado numerosos elementos nuevos, obviamente.
La primera, poco aparente pero
eficaz en extremo, reside en la construcción de un «Jesús histórico» detrás del
Jesús de los evangelios, un Jesús decantado de las fuentes y contra las
fuentes, con arreglo a los criterios de la imagen moderna del mundo y de la
forma de historiografía inspirada en la Ilustración. Está, además, el postulado
de que en la historia sólo puede ocurrir lo que siempre es posible, el
postulado de que el engranaje causal nunca se interrumpe y lo que choca contra
estas leyes conocidas es ahistórico.
Así, el Jesús de los evangelios no puede
ser el Jesús real; es preciso encontrar otro y excluir de él todo lo que sólo
es inteligible desde Dios. El principio constructivo sobre el que emerge este
Jesús excluye por tanto lo divino de él, siguiendo el espíritu de la
Ilustración: este Jesús histórico no puede ser Cristo ni Hijo. Al hombre de hoy
que en su lectura de la Biblia se guía por este tipo de exégesis, no le dice
nada el Jesús de los evangelios, sino el de la Ilustración, un Jesús «ilustrado».
La Iglesia queda así descartada; sólo puede ser una organización humana que
intenta utilizar con más o menos habilidad la filantropía de este Jesús.
Desaparecen también los sacramentos: ¿cómo puede haber una presencia real de
este «Jesús histórico» en la eucaristía? Lo que resta son signos de la
comunidad, rituales que la conjuntan y estimulan para la acción en el mundo.
Jesucristo, que es el objeto de la fe de la
Iglesia, no es ni un mito ni una idea abstracta cualquiera. Es un hombre que
vivió en un contexto concreto y que murió después de haber llevado su propia
existencia dentro de la evolución de la historia. El Nuevo Testamento no tiene
por finalidad presentar una información
puramente histórica sobre Jesús. Pretende, ante todo, transmitir el testimonio
de la fe eclesial sobre Jesús y presentarlo en su plena significación de
«Cristo» (Mesías) y «Señor» (Kyrios, Dios).
Este testimonio es expresión de la
fe y busca, a la vez, suscitar la fe. No puede, pues, componerse una
«biografía» de Jesús, en el sentido moderno de la expresión, entendiéndose por
tal un relato preciso y detallado, cosa que sucede igualmente con numerosos
personajes de la antigüedad y de la Edad Media. Sin embargo, no deberían
sacarse de esto conclusiones de un exagerado pesimismo acerca de la posibilidad
de conocer la vida histórica de Jesús, como bien lo demuestra la exégesis
actual.
Tomado de: http://www.taringa.net/posts/offtopic/18535865/Ateo-vs-Creyente-me-tienen-podrido.html

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